-Estudiar, ¿para vip o para vec?-

Olegario
Por la transcripción Pedro Caballero-Infante
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Sigo sin entender que se dé por normal que el recién egresado de la universidad salga de ésta sin saber lo mínimamente necesario para, de inmediato, no hacer el ridículo ante la sociedad que demanda sus servicios.

Igualmente me cabrea que al joven licenciado, nada más abrir los ojos al mundo laboral y con el coco caliente de tanto estudio, se le empiece a hablar de reciclaje, palabra que, por cierto, me suena a contenedor urbano.

Que yo saliese con mi título de boticario bajo el brazo sin saber, escasamente, interpretar una fórmula leucocitaria tiene bemoles.

-“Oye, ¿tú eres el boticario?”.
-“Sí señora”.  (Aún no era tratado, dada mi juventud, de Don).
-“Pues a ver si me dices qué quiere decir este análisis que me han hecho en el Seguro…”.
-“¡Glup…!”.

Yo, visto el aspecto de la joven señora y después de visualizar el documento, contestaba:

-“Tranquila que de esto no se muere usted”.

Y es aquí donde tengo que hacer hincapié en la inusualidad de nuestra labor como boticario de mostrador.

Un joven médico, un reciente abogado o un arquitecto novel, valgan como ejemplo, ¿comienzan su ejercicio profesional solos ante el peligro? ¡No!

Estos profesionales universitarios, en su inmensa mayoría, se incorporan a sus primeros trabajos, bien como meritorios, becarios u otras modalidades, siempre en equipo.

Pero, ¿qué me dicen ustedes del pobre boticario de mostrador que, así de golpe, se encuentra sin nadie (Dr. Google aparte) que, sobre la marcha, le pueda echar una mano?

Soy consciente de que hablo sobre mis experiencias personales y de las de mi coetáneos, pues actualmente la soledad del boticario, incluido yo, ha pasado a la historia exceptuando algún que otro farmacéutico rural y diversas boticas de viabilidad económica comprometida (VEC).

No obstante, el boticario ha sido históricamente un lobo solitario que ha tenido que lamerse sus heridas sin ayuda de nadie debido a la atomización de su oficio en beneficio de la población asistida.

Sus penas, incluso sus alegrías, sus problemas, sus reivindicaciones y… su puesta a punto o reciclaje, ha sido en soledad y a base de esfuerzo y amor propio.

Esta penosa circunstancia nuestra me la ha puesto en valor, que diría un tertuliano televisivo, una noticia que ha indignado a la clase médica y sobre la que escribí hace tiempo en mi diario.

Dice así: Los médicos han de declarar ante Hacienda, como ingresos, las “invitaciones” que Farmaindustria les hace para asistir a Congresos, a los que yo llamo, con retranca, de “pedagogía lúdica”.

¿No les basta con las sesiones clínicas y el permanente contacto con los enfermos encamados y sus visitas dirigidas por el jefe? Parece ser que no, empresa pública aparte, por lo que necesitan la privada en forma de industria farmacéutica.

De esta forma, para aprender una nueva técnica sobre la condromalacia rotuliana, han de acudir a Colorado Springs, parienta incluida, y alojarse durante cinco días en unas lujosas cabañas del bello páramo nevado estadounidense.

Por ello, y esto viene de ha tiempo, el boticario de Villapana del Belloto nunca podrá competir en sapiencia científica con el médico, puesto que sólo va mensualmente a la capital de provincia para entregar, hasta hace poco tiempo, la escasa facturación del seguro de enfermedad.

Comprendo que con lo que escribo no hago amigos entre la clase médica pero el agravio comparativo con ésta, en cuanto a otras dádivas y prebendas, me hace saltar.

Quizás, y según últimas noticias, la marcha atrás sobre este asunto, por parte del Ministerio de Hacienda, sea debida a que el señor Montoro esté en lista de espera para una intervención de rótula y por ello no le parezca bien que el cirujano, que aprendió la técnica en el

Congreso referido, lo mire con malos ojos.

¡Vamos a llevarnos bien!,  que dicen en mi tierra.

Y es que no es lo mismo haber cursado una carrera universitaria para ser VIP que para ser VEC.

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