-“Si la montaña no viene a mí….”

Por la transcripción
Pedro Caballero-Infante
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Hace unos días y en una reunión polifacética de esas que se producen tras un evento, y a las que a veces se acude por compromiso, o en otros casos, que no es el mío, para que te vean y no dejar de estar en la “pomada”, uno de los presentes, desconocido hasta ese momento para mí, dijo al hilo de algo comentado en la reunión:

-“Esto que habláis sobre los nuevos tiempos es verdad. Ahora todo el mundo quiere ser lo que no es y aplicarse saberes que no son de su competencia”
Como alguien le pidiese que se explicase mejor agregó:

-“Los peritos aparejadores de toda la vida han logrado se les reconozca como Ingenieros de la Construcción, los enfermeros quieren recetar y…. sin ir más lejos, ayer entro en una Farmacia y pido unas simples pastillas de estas que anuncian para la carraspera…”

“¿Y qué pasó?”

“Que la farmacéutica, pues lo ponía en la escarapela que lucía, me pregunta, cual si fuera médico, si tengo tos, si fumo, si me duele el pecho. No pude aguantarme y le contesté que a ella qué le importaba”.

Mis lectores excusarán, conociendo mi visceralidad, que no cuente cómo la reunión intrascendental se convirtió en una polémica que a veces pidió de un moderador tipo Pedrerol.

Ya sentado ante mi Diario recapacito y  saco, de este hecho, mi particular conclusión. Los boticarios actuales hemos pasado, por mor de sus antecesores, de recibir a la montaña a  tener que ir, a veces sin medida, a buscarla.

Yo he recibido muchas críticas de compañeros que vivieron la fructífera etapa económica. (Sí. La del SOE  pleno y el buen margen) que se han sentido ofendidos por acusarlos de pasividad y generadores de los lodos que nos enfangan.

Entre los aludidos está un viejo boticario, ya retirado, al que admiro y trato,  dada su avanzada edad y sus grandes achaques, con frecuencia.

Hace unos días me decía, sentados ambos en su mesa de camilla: “Mire usted Olegario, cuando terminé mi carrera y puse farmacia yo venía cargado de inquietudes y conocimientos científicos, no olvide que la mía fue la del plan de los seis cursos, el más amplio  de nuestra historia universitaria, en los que cada disciplina estaba duplicada: dos botánicas, dos microbiologías, dos bioquímicas y así casi todas. Pues bien, cuando comencé a darme cuenta que al paciente le traían al pairo mis conocimientos e incluso dudaban de mi capacidad al no conocer nombres comerciales y sólo principios activos, también reparé que estaba ayuno de otras “docencias” como las  burocráticas y económicas. Tuve que aprender a “facturar el seguro”, que al principio se hacía por orden alfabético según laboratorios, sin más calculadoras que las de manubrio. Hube de pagar errores por no saber hacer los “pedidos especiales” y, como rutina necesaria,  tomar café, en lugar de con médicos o compañeros, con el director de la sucursal bancaria en la que me ingresaban el seguro. Visto el panorama, y como los seres humanos somos débiles y ya me lo podía permitir, contraté a un “auxiliar mayor”, así se llamaba antes a los “titulados”, y a un jovencito que, a las “órdenes” del experto, se dedicaba a puntear albaranes, reponer los medicamentos, anotar, en un cuaderno, las caducidades y preparar la facturación del SOE. Por ello, se lo reconozco, y valga el eufemismo, cambié el café bancario por otros más lejanos y que me realizaban más”.

Hoy, y desde hace muchos años por necesidad, y para bien de la profesión, las nuevas generaciones se han lanzado al ruedo de la admirable Atención Farmacéutica y la lucha es denodada. ¿Por qué? Porque el joven boticario estaba y está preparado para  poner en práctica sus conocimientos, pero quién no lo estaba es el público, al que ha habido que buscarlo.

Por ello yo vivo en un sinvivir en mí en la búsqueda permanente del término medio. Ni lo del “cliente” de las pastillas del principio, ni de lo ocurrido a un excesivamente gentil compañero que al ver entrar a un señor con un pequeño salvavidas de plástico en la mano y andando de una forma incómoda, preguntó solícito:

- “¿Hemorroides?”

- “No. Voy con mi nieto a la piscina. ¡Antoñito, ¿dónde te has metido?!”. •

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