-¡Qué miedo!-

Olegario.
Por la transcripción Pedro Caballero-Infante
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Me contaba mi padre que, allá en la época de la “dedocracia”, nombraron como alcalde para nues­tra ciudad a cierto personaje de alta cuna. Agregaba que, ante esta noti­cia, sus más allegados dijeron alar­mados: “Que José era tonto sólo lo sabíamos en la familia, pero ahora se va a enterar toda la ciudad”.

Observen, lectores míos, cómo ya en aquellos tiempos la “propagación” de la noticia escandalosa se remitía tan sólo a una localidad. Eran épocas en que la comunicación iba a gasó­geno.

Al hilo de ello, y ya en tiempos de gasolina, recuerdo cómo una usuaria (nunca mejor dicho) en su obsesión por no envejecer, ya que, viuda de un viejo ricachón, el físico había sido el motor de su vida, adquiría en mi farmacia todo tipo de productos “an-ti-aging” que se anunciasen en Televi­sión o Revistas de colorines.

Lo solicitado, que en la mayoría de los casos tenía que pedir pues no los tenía en stock, eran remedios en los que yo no creía pero de los que daba fe sobre su inocuidad.

Un servidor, que no es de pie­dra, observando cómo se dejaba una pasta gansa, la veía entrar con sumo gusto. Lógico es, no obstante, que tu­viese que “pagar” el impuesto de unas consultas absurdas, más referentes a su vida que a sus arrugas.

Y llegó el día “D”. Vino con el enva­se bastante sucio y deteriorado de un auténtico medicamento muy caro pre­tendiendo que se lo dispensara. Ante mi estupor y negativa, pues se tratabade un fármaco para el tratamiento de una enfermedad muy grave, le pre­gunté quién le había “recomendado” esta medicación:

-“Verá usted, Don Olegario, para ser sincera no me lo ha dicho “naide”. Resulta que ayer al tirar la basura vi esta caja en el contenedor y al ver el precio me dije: ¡Hija, Amparo, una “medicina” tan cara debes de com­prarla en la Farmacia porque sea para lo que sea tiene que ser muy buena. Y como una se lo puedo permitir...”.

Cuento ambas historias, distan­tes en el tiempo, tras leer diversos comentarios muy actuales en los que entre otras cosas se dice cómo hasta hace poco nos parecería extraño que alguien en su sano juicio comenzase a tomar un medicamento por reco­mendación de un desconocido. Sin embargo, siguen los comentarios, ahora lo de dejarse aconsejar por un farmacéutico que “se haya ganado la confianza de su paciente” está pasando a la historia. Hoy en día sólo hace falta acreditar miles de segui­dores en una red social para tener el poder de “influir” en los “consumido­res”, como sería el caso de Amparo, con más rapidez e intensidad que el “Hola” o la TV. Pero lo que más pánico me da es que estos “consumidores” sean enfermos.

Internet se ha convertido en un mar inmenso de noticias, un alto por­centaje falsas, que llegan a la gente por sus redes sociales, y los “influen-cers” les dan visibilidad en sus cana­les comentándolas gracias al alcance que tiene este medio en la población. De esta manera, se intenta sustituir alsistema tradicional y, también, al pro­fesional.

Las empresas se rifan a los “you-tubers” o “instagramers” con miles de seguidores para que, en sus cuentas, publiciten sus productos de distin­ta forma, analizándolo, incluyéndo­lo en una foto o nombrándolo en un “tweet”. Y cuando son sólo “produc­tos” valga, pero cuando en estos lla­mados “productos” se puedan incluir las llamadas cápsulas vigorizantes o complementos nutricionales, de nom­bres tan ridículos como excitantes para el gran público, y que contienen sildenafilo, ya se está entrando en el peligroso campo de la salud, tema con el que no se debe jugar bajo nin­gún concepto.

Y es que, amigos, las redes so­ciales excitan la ilusión de que todos los mensajes son semejantes en im­portancia al emitirse en igualdad de condiciones. Pero el buen criterio se traduce en autoridad que sólo la pue­de dar quién o quienes se las hayan ganado a pulso en una ejemplar tra­yectoria profesional.

Ya está aquí, y termino con el to­que empático marca de la casa, el Olegario de la caverna profesional con su animadversión a las TIC. Eso pen­saba un conocido lector mío antes de que una hija tuviese que declarar ante un tribunal como víctima de un pedó-filo internáutico.

Y es que el cuchillo sirve tanto para comer como para matar. Por ello ante este fenómeno reticular que nos invade se requiere la mesura con más intensidad que nunca.

Aun así, ¡qué miedo!

 

 

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