-Time is money-

Olegario.
Por la transcripción Pedro Caballero-Infante
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Ahora que algún sector quiere minar el “invento” (así le dicen) de la “Atención Farmacéutica”, yo la reivindico como algo histórico. Aún protocolizado sigue vigente el valor inaudito del boticario, que nunca ha sido un cualquiera, siempre dispuesto a escuchar. Y paso a explicar lo de “valor inaudito”.         

¿Qué es lo que más se valora desde que el mundo es mundo? El bien escaso. Las guerras, donde el mercado negro es usual, dan fe de ello.  Una simple pieza de pan se paga con un anillo de oro.

Y hoy en el eufemístico “primer mundo”, ¿qué material es el que más escasea?: ¡El tiempo! ¿Y quién lo sigue aun  dando gratuitamente?: ¡El boticario!

¿Les suena en el ámbito social lo de: “Pepe, perdona que te corte pero es que tengo una llamada en espera y también está sonando el móvil?

¿Y en la sanidad?: “Señorita, ¿me está diciendo que la cita del “doctor” Gómez es para dentro de cuatro meses?”.

¡Dios mío! ¿Qué ha pasado con el tiempo? Pues sencillamente que ya no hay.

Y es aquí donde aparece la figura del “boticario a diario”, que está, pueda o no, siempre a disposición de su público, que tanto nos quiere y al que tanto queremos, como diría doña Lola.

Sin citas, sin obstáculos de acceso hasta el punto que el hipocondríaco de turno, al que avizoro igual que él a mí, pues los cristales de mi Farmacia son amplios e impolutos, no me permite la fuga momentánea ni el quite de un auxiliar con la frase: “Don Olegario acaba de salir”.

Por todo ello voy a contar algo que me ocurrió hace años. Pablo había enviudado de una forma cruel e imprevista dejándole solo, al frente de dos hijos pequeños y sin parientes próximos. Fue tal el impacto, potenciado por una simultánea crisis económica, que este hombre quedó en un estado de “shock activo”, como me decía al día siguiente del entierro.

“Olegario no me des consejos imposibles. Tengo que seguir saliendo a la calle para llevar dinero a casa, aunque sea con el “piloto automático”.
Pasados tres años en las que el sexo no ocupó lugar alguno en sus dramáticas prioridades apareció, circunstancialmente, una mujer en su vida. Y así me lo contó:

-“A esta chica con la que llevaba tiempo contactando brevemente, ella vive lejos, me la encontré en una jornadas profesionales. En un momento dado acabamos en la cama y mi gatillazo fue de libro. Si lo has sufrido alguna vez sabrás que no es cuestión de dignidad machista sino de tener sed, el agüita muy cerca y no poderla beber”.

Tras esta confidencia Pablo, hombre culto e informado, vino un día y me preguntó por unas “pastillitas” de las que decían solucionaban la disfunción eréctil.

Le contesté afirmativamente pero agregando que aún no estaban comercializadas en España. Ante esto me “suplicó” que le consiguiese “como fuese” algunos comprimidos pues su atractiva amiga le había anunciado una inmediata visita.
Comprendida la necesidad me puse en marcha y tiré de agenda mental, de esto hace más de quince años (*), hasta encontrar la persona adecuada. Se trataba de un veterano visitador médico ya dedicado a otras labores de más alto nivel directivo, pero experto pillín conocedor de todas las claves mundanas gracias a las que, precisamente, había logrado llegar a su actual estatus.

Me puso en contacto con el delegado provincial del laboratorio fabricante de la “mágica pastillita azul”. Esta persona me visitó, le conté la “película”, y me dijo que efectivamente ya se estaba recetando en otros países pero todavía no en España.

Ante ello le desgrané dramáticamente el tema erótico de la historia haciéndole hincapié en lo importante que sería para mí el que me consiguiese como fuera una muestra gratuita pues “mi amigo” me lo iba a agradecer.

A los tres días apareció y con mucho misterio y prosopopeya sacó cuatro comprimidos de un arrugado sobre y me los entregó. Le dí mis más efusivas gracias y sin más, y desde la puerta de mi botica, con una sonrisa sardónica, ya que sabe que soy hombre fielmente casado, me dijo en voz alta:

“¡Ah, y que “su amigo” lo pase bien!”

Con las prisas no habíamos reparado que Carmela se había quedado con la copla. Así que, ido el comercial, mi pícara y fiel usuaria me hizo un guiño cómplice. Desde entonces he aceptado pasar a la historia vecinal como un infiel marido. Vamos, ¡un mártir de la Atención Farmacéutica!, pero… adúltero.

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