-La dignidad tiene un precio-

Publicado el Lunes, 27 Noviembre 2017 12:21
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Olegario
Por la transcripción Pedro Caballero-Infante
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Saber de alguien, hablo de gente de la calle no de famosos, que de eso ya se ocupan algunos diarios, su edad, su estado civil, su situación laboral, dónde vive y hasta lo que gana (esto para algunos sería el despiporre), era  un juego social divertido. Yo he visto “jugar” al cotilleo con diálogos como el que esbozo:

-“¿Qué edad puede tener Paco?”

-“Pues verás, mi padre, que murió hace 2 años, ya me dijo que él vivió la apertura de su Farmacia, siendo ambos casi de la misma promoción, así que si mi padre nació en 1953 calcula…”.

En mi caso, aunque mi público que tanto me quiere, crea saber mucho de mí, las apariencias engañan, y con ello me estoy refiriendo a mi persona como farmacéutico, porque si están pensando en la edad, ya Facebook se encarga de recordar el día en que se me debe felicitar por mi cumpleaños.

Pero en relación a ello, y vuelvo a la edad, se puede ser un viejo boticario o un boticario viejo. Se puede ser, por cambiar de profesión u oficio, un médico viejo o un viejo médico. También un viejo escritor o un escritor viejo.

Inicio así mi diario de hoy porque son muchos, de los que me leen, que tienen el “detalle” de enviarme sus opiniones en las que aprecio, a ojo de buen cubero, que va ganando el grupo de comunicantes que ven en mí un obsoleto farmacéutico ricachón o bien un boticario anclado, por exagerar, en el mortero y el pistilo.

Mi permanente defensa de un determinado y personal modelo de farmacia no tiene nada que ver con la edad ni con la antigüedad de mi botica, pues igual que detesto a los “donhilariones”, defiendo, y por ahí van mis tiros de siempre, a aquellos primeros boticarios que lucharon por distinguirse del gremio de los drogueros, cereros y demás parientes y afectos con la creación de Colegios en los que se impartían docencias para obtener el “título” de farmacéutico (esta pincelada tan rústica de la Historia de la Farmacia deben completarla mis lectores consultando a mis amigos y compañeros González Lara y Antonio Carrillo).

Pero también a su vez disiento del modelo que están creando las nuevas hornadas de jóvenes compañeros que, amparados en dos argumentos, cuáles son las nuevas tecnologías y el descenso de sus ingresos dinerarios, que yo también sufro, están tirando por tierra la imagen de un universitario que cada vez más está siendo considerado un comerciante por la sociedad.

Para mí no es de recibo leer que se ha constituido una nueva red de farmacias premium de la que dice su portavoz que “no es un grupo de compras, sino un sello de venta y de calidad frente a la competencia. Es un símil a la guía Michelín que busca a las farmacias  que quieran tener productos exclusivos”. ¿Cómo se les queda el cuerpo, jóvenes y viejos boticarios?

¿Por qué derroteros, determinados grupos de farmacéuticos y no sólo los muy jóvenes, están llevando a la profesión? Derroteros que la alejan de los conceptos con los que yo salí dignamente de mi facultad como universitario.

Por ello, y al hilo de lo escrito al principio, quiero hoy dar un dato íntimo y sin que sirva de precedente, sobre mi situación económica, que es, como se dice en mi tierra, la de “tieso total y permanente”. Y ahí va la información: Servidor de ustedes canceló la hipoteca, que hubo de levantar para comprar el local de mi Farmacia, hace muy pocos años, y aún no he podido pasarme al pronto pago con mi almacén de distribución.

Confesado pues, ¿alguien puede creer que no sé, y sigo sabiendo, lo que son carencias económicas y permanentes (insisto en la palabra) estrecheces? ¡Pues claro que sí!

Aún así,  no voy de héroe y que cada uno haga lo que le pete, la única estrella Michelín que llevo en mi corazón me la ha concedido el firmamento celestial de mis pacientes cuando me siguen diciendo: “Don Olegario, mírele esta erupción a mi niño que me fío más de usted que de nadie”.

¿El precio?: Amén de constantes apreturas, oír siempre la cantinela, incluída la mi familia, sobre que servidor no “sabe” ganar dinero. ¿La ganancia?: La dignidad de una profesión que se está, en este sentido, cayendo a cachos, porque dignidad significa  respeto y estima que una persona tiene de sí misma y merece que se lo tengan las demás personas.

Aunque pensándolo bien, igual me da el avenate vendo mi botica y compro acciones de Ferrán Adriá para que así, y con toda propiedad, pueda presumir de que estoy en la guía Michelín.