Reto de futuro: integración de la farmacia comunitaria en el equipo asistencial a través de las nuevas tecnologías

Edgar Abarca Lachén. Farmacéutico comunitario en Barbastro (Huesca)
Profesor de Formulación y Farmacología Universidad San Jorge
Director Científico de la Asociación Española de Farmacéuticos Formulistas (AEFF)


La profesión farmacéutica ha experimentado a lo largo de los años numerosos cambios y ha evolucionado para adaptarse constantemente a las necesidades del entorno. Hasta hace apenas medio siglo, gran parte de la actividad del farmacéutico se basaba en la fabricación de medicamentos en su  laboratorio;  el avance industrial motivó un cambio incuestionable en la realidad profesional, pasando de ser de un elaborador a un dispensador de medicamentos.

En la actualidad, el espectro de acción del farmacéutico de oficina de farmacia abarca un campo mucho más amplio: la dispensación, la renovada elaboración de medicamentos individualizados, los sistemas personalizados de dosificación (SPD) para los pacientes polimedicados, numerosísimas acciones en atención farmacéutica y multitud de actividades encaminadas a la información sanitaria y a la prevención de enfermedades.

En 1990 Charles Hepler y Linda Strand publicaron un artículo en el American Journal of Hospital Pharmacy titulado “Opportunities and responsabilities in pharmaceutical care”  en el que se exponía por primera vez que aceptar la responsabilidad social de reducir la parte evitable de la morbilidad y mortalidad asociada a los medicamentos supondría una gran oportunidad de maduración profesional para la farmacia.

Los autores concluyeron que “la reprofesionalización de la farmacia no será completa hasta que todos los farmacéuticos acepten el mandato social de asegurar la efectividad y seguridad de la farmacoterapia de cada paciente”.

 

 


Hoy, un cuarto de siglo más tarde, sabemos que el presente y el futuro profesional de la farmacia comunitaria están ligados a la provisión de servicios centrados en el paciente y que la simple dispensación de un medicamento no es suficiente para que se alcancen los objetivos de un tratamiento farmacológico.

Fijándonos bien, vemos que los modelos de asistencia sanitaria de todo el mundo están en fase de transición, con problemas complejos y falta de soluciones a corto plazo adivinándose por todas partes; razón por la que farmacias y farmacéuticos, como parte integral de los sistemas de salud, precisan adaptarse a los cambios y avanzar para satisfacer las necesidades tanto de los pacientes como de los gobiernos.

En España vivimos tiempos turbulentos, caracterizados por una nula inversión sanitaria, un acceso cada vez más limitado a determinadas prestaciones y la creciente incertidumbre en cuanto a la sostenibilidad de nuestro actual modelo sanitario. Si a ello sumamos el envejecimiento generalizado de la población, es trascendental la optimización de recursos así como de las intervenciones sanitarias.
Esta optimización pasa por varios puntos que resaltamos:

  • La necesidad que el equipo sanitario considere al paciente como un agente activo y con capacidad de decisión, evitando el clásico debate corporativo acerca de qué profesional debe liderar el proceso de su atención.
  • Extrapolando las aportaciones de Blau a la teoría del intercambio social acerca de la integración de todos los resultados relativos a la interacción de pequeños grupos, se ha demostrado reiteradamente que las discrepancias entre los diferentes profesionales sanitarios suponen una verdadera barrera para su integridad, constituyen un riesgo para el paciente y dificultan la verdadera evolución de las políticas sanitarias.
  • Es necesaria una gestión imaginativa que apueste por la capacidad de los profesionales sanitarios implicados y considere al farmacéutico como una de las partes implicadas en la solución. Ya hay estudios que demuestran que la intervención del farmacéutico en los tratamientos de los pacientes puede ser determinante en la contención del consumo de los recursos, y sabemos que en aquellas experiencias en las que el farmacéutico intervino en la optimización de los tratamientos farmacológicos en colaboración con el médico, se disminuyó el número de medicamentos prescritos así como en el coste asociado.

 

Proyecto SMARTCARE

No hay que olvidar a la oficina farmacia como ejemplo de la adaptación tecnológica constante: la completa informatización de la gestión de la oficina de farmacia, uso de las redes sociales o la reciente llegada de la receta electrónica son tan sólo algunos ejemplos de una farmacia empeñada en situarse en la vanguardia de la modernidad.

Sin embargo, se debe seguir potenciando la comunicación entre el farmacéutico comunitario y el resto de profesionales sanitarios a través de las redes de datos, permitiendo un intercambio más fluido de información y una coordinación de actuaciones que optimice la asistencia sanitaria al paciente.

Un proyecto tremendamente esperanzador en este sentido es el proyecto de innovación SMARTCARE. Se trata de un proyecto financiado por la Comisión Europea que pretende mejorar las posibilidades de asistencia sanitaria y social mediante el uso de nuevas tecnologías de monitorización y asistencia remotas, usando la coordinación de los servicios sanitarios y sociales para mejorar la atención prestada

El objetivo final del proyecto es ofrecer al anciano la posibilidad de continuar viviendo en su entorno, aunque siga necesitando revisiones médicas periódicas y apoyo social, favoreciendo su independencia y, para tal fin, la primera propuesta del proyecto consiste en la participación de las oficinas de farmacia en la provisión y evaluación de un servicio que integre cuidados integrados, sociales y sanitarios.

Actualmente se está llevando a cabo en Barbastro (Huesca).

Avanzar para construir un mejor sistema sanitario requiere de la participación plural de los diferentes agentes asistenciales y sociales y depende de la cooperación interdisciplinar así como del trabajo en equipo.

Es necesaria la capacidad de compartir información de modo transversal, de una cooperación cognitiva entre los distintos agentes sociales y sanitarios así como una colaboración práctica entre los distintos equipos de salud.

Los proyectos basados en las nuevas tecnologías como SMARTCARE, contribuyen a generar confianza entre todos los agentes implicados y pueden suponer un facilitador importantísimo en el fomento de la cultura de la cooperación y la interdisciplinariedad, además de una oportunidad trascendental para la profesión farmacéutica que no podemos ni debemos obviar.

Es fundamental que nuestra profesión sepa transmitir y demostrar lo que sabemos y podemos aportar. De nosotros depende qué queremos ser y a dónde deseamos llegar. •

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