Inmunonutrición

Magda Rafecas. Farmacéutica

 

El término inmunonutrición ha sido acuñado para entender el concepto de que determinados nutrientes afectan directamente a la inmunidad, tanto mejorándola como, en otros casos, disminuyendo su efectividad.

El sistema inmunitario protege al organismo contra infecciones y enfermedades por su capacidad de reconocimiento de invasores foráneos (virus, bacterias, parásitos, hongos o alérgenos)  y distingue células anormales (células cancerosas) de células sanas. El sistema inmunitario está constantemente trabajando, funciona con un “baseline” de nutrientes que aquí repasaremos, que en casos de respuesta inmunitaria elevada es necesario incrementar su aporte para que funcione correctamente. Está también perfectamente establecido que en casos de malnutrición (déficit de aporte de proteínas) y, en el otro extremo, en casos de obesidad, igualmente disminuye la respuesta inmunitaria.   

 

La respuesta inmunitaria se divide en dos tipos: inmunidad innata e inmunidad adquirida.

La inmunidad innata es la primera línea de defensa del organismo frente los invasores foráneos; sin embargo, su falta de especificidad conlleva que acciones del sistema inmunitario provoquen daños en tejidos del organismo. El sistema innato comprende barreras físicas (la piel), barreras químicas (pH estomacal) y barreras biológicas (biota intestinal). Paralelamente existe el complemento del sistema, que actúa favoreciendo la lisis celular, estimulando la fagocitosis y  provocando inflamación. La inflamación es la respuesta del organismo a ese daño o proceso, que en este caso va asociado a síntomas muy familiares, como pueden ser dolor (artritis), calor y sudoración (fiebre), enrojecimiento… procesos que conllevan una vasodilatación y exudación de fluidos. Cuando ocurre se liberan especies reactivas oxidadas (ROS) que actúan sobre los patógenos matándolos, pero que a su vez  oxidan al organismo y provocan más inflamación. Cuando este proceso se alarga en el tiempo hablamos de inflamación crónica, que sin extendernos puede llegar a desarrollar enfermedades como  la aterosclerosis, enfermedades cardiovasculares, artritis reumatoide, asma, diabetes mellitus, enfermedades inflamatorias intestinales, obesidad y cáncer.  En este sentido, aquellos nutrientes que disminuyan la inflamación mejorarán la respuesta inmunitaria del organismo, y por ende disminuirán las enfermedades antes citadas. Entre estos compuestos se encontrarían los probióticos, prebióticos y derivados del EPA (ácido eicosapentaenoico).

Por otra parte, la inmunidad adquirida o adaptativa es la segunda línea de defensa que tarda algunos días o semanas en ser funcional. La inmunidad adquirida es mucho más compleja, dado que tiene “memoria” y que se evidencia en la segunda exposición a los invasores foráneos (sería el caso de las vacunas, por ejemplo). Ambos sistemas trabajan juntos y el sistema complementario modula la respuesta adaptativa y juega un papel básico en la conjunción de ambos procesos.
Ya hemos comentado que es necesario un “baseline” de  micronutrientes para optimizar el sistema inmunitario. Entre ellos encontramos elementos minerales como el  zinc, selenio, hierro, cobre o las vitaminas A, D, C, E, fólico, vitamina B12 y vitamina B6.

El cobre es un mineral esencial que participa en la producción de energía, en la utilización del hierro, defensa antioxidante en la superóxido dismutasa y participa en la respuesta innata. El principal problema del cobre es la dificultad de medir la concentración orgánica del mismo y la relación dosis-inmunidad.

El selenio participa en diferentes enzimas antioxidantes, y además influencia la producción de eicosanoides (derivados del EPA) que modulan beneficiosamente la respuesta inmunitaria (mientras los eicosanoides derivados del ácido araquidónico C20 ω-6 potencian la inflamación). Por lo tanto, el selenio mejora algunos procesos inmunitarios, pero no todos. Así, en el caso de pacientes con asma no es aconsejable la complementación con este nutriente. El farmacéutico debe jugar un papel importante para evitar que sucedan problemas en la complementación.

El hierro forma parte de enzimas antioxidantes y es un nutriente crítico para la función inmunitaria normal, que incluye la producción de linfocitos T y la generación de especies reactivas oxidadas (recordemos que las ROS son en exceso dañinas para el organismo y por ese mismo problema se han de estudiar muy claramente las dosis de hierro a consumir). Aunque sabemos que una buena parte de la población mundial es deficitaria en este nutriente, pueden producirse casos de exceso de hierro (hemocromatosis) debido a continuas transfusiones o a una ingesta elevada de complementos alimenticios. 

El zinc siempre ha estado asociado a la inmunidad. Un déficit de este mineral está ligado a la infección y en el caso de diarreas las pautas nutricionales aconsejan tomar zinc. Tendremos que verificar que sal de zinc es más biodisponible, puesto que según qué tipos de sales no son absorbidas por el organismo. El déficit de zinc se da con frecuencia en niños y ancianos.

Por todos es conocido que la vitamina A (retinol) participa en el sistema inmunitario. En la inmunidad específica mantiene la integridad de la piel, ojos, sistema respiratorio, tracto gastrointestinal y genitourinario. Además es necesaria para una correcta función de las células inmunitarias que generan anticuerpos.

La vitamina D regula la función inmunitaria e influye en la producción de proteínas antibacterianas. A nivel global es una vitamina cuya deficiencia es muy frecuente e importante, por lo que muchos expertos se inclinan por recomendar complementos alimenticios a base  de vitamina D.  

Los tocoferoles y tocotrienoles (vitamina E), de los cuales el α-tocoferol y el α-tocotrienol son los más efectivos, protegen del daño oxidativo. Su función específica en la inmunidad es aumentar la actividad de los T-linfocitos, protegiendo las membranas celulares y reduciendo la producción de factores inmunosupresores.

La vitamina C participa tanto en el sistema de defensa antioxidante del organismo como en el sistema inmunitario, puesto que se sabe que las células inmunitarias acumulan y concentran vitamina C y rápidamente la utilizan durante la respuesta inmunitaria.

La vitamina B12 juega un rol importante en la inmunidad junto con el ácido fólico y la vitamina B6. La vitamina B12, el ácido fólico y la vitamina B6 participan en la formación de nuevas células inmunitarias y hacen que tengan una adecuada respuesta.

Paralelamente a esta revisión de nutrientes encontramos datos muy relevantes de cara a su participación en el sistema inmunitario de los prebióticos, probióticos y derivados del EPA y DHA (ácido grasos de la serie ω-3).

Respecto al  EPA y DHA, y a través de una serie de pasos, se generan una serie de compuestos que actúan sobre la inflamación. Estos compuestos son las resolvinas (su nombre proviene de que “resuelven” la inflamación y el organismo vuelve a su homeostasis), que derivan del EPA (E-series) y del DHA (D-series); las protectinas  producidas a partir del DHA (también llamadas neuroprotectinas cuando se generan dentro del tejido neuronal), sintetizan las maresinas, que inhiben procesos inflamatorios y reducen procesos alérgicos. Del ácido Araquidónico (AA) (serie ω-6) derivan las lipoxinas que disminuyen la inflamación (aunque son menos potentes que las anteriormente citadas). Sin embargo, como a través del AA se generan compuestos proinflamatorios, como son los leukotrienos y troboxanos, no es adecuado el consumo elevado de ácidos grasos de la serie ω-6, por lo que el consejo nutricional es que se tome una cantidad adecuada del EPA+DHA directamente, puesto que obtenerlos a base de su precursor el ácido linolénico ω-3 puede no ser efectivo dada la complejidad de la ruta metabólica que lleva a la síntesis de EPA y DHA. Las dosis de EPA+DHA dependen de las diferentes organizaciones que promueven su consumo. En Europa se considera que las personas que no comen pescado deberían ingerir un mínimo de 200 mg/día de complementos alimenticios, cuya calidad deberá contrastar el farmacéutico. Otro dato sería el de la ISSFAL (Sociedad Internacional para el estudio de ácidos grasos y lípidos) que sitúa la cifra de consumo en 500 mg/día. Como se aprecia, es muy difícil llegar a estas dosis únicamente a través del consumo de pescado.

Los probióticos y sus precursores, los prebióticos, modulan la función inmunitaria, creando un “biofilm” y produciendo en el intestino lo que se denomina un efecto barrera que evita la colonización por patógenos. A su vez se producen dos substancias: las “mucinas”, glucoproteínas, que segregan moco y recubren las vellosidades intestinales evitando la traslocación bacteriana, y las “defensinas”, proteínas catiónicas ricas en cisteína y que actuarían contra virus y bacterias patógenas. Recordemos que sólo unas pocas cepas de probióticos poseen estas capacidades y que la dosis sería como mínimo de 108 UFC (unidades formadoras de colonias).

Finalmente, unas consideraciones sobre aspectos que inciden en el sistema inmunitario y la nutrición, tanto por déficit como por exceso. Así, un déficit  proteico/calórico conlleva un déficit de proteínas, lo cual impide una síntesis de compuestos que intervienen en la inmunidad innata, y además se sugiere que inhibiría la funcionalidad del sistema inmunitario adquirido. Por otro lado, la obesidad también plantea problemas graves sobre el sistema inmunitario: el exceso de grasa almacenada es un factor de riesgo de  diferentes patologías y, especialmente, la obesidad central está ligada a la inflamación y enfermedades crónicas. Ya se ha dicho que la obesidad se caracteriza por un estado crónico de inflamación, y este estado se caracterizaría por una liberación en la grasa de mensajeros, hormonas o mensajeros químicos, que actuarían como inmunosupresores.

Como se puede observar, la inmunonutrición es una herramienta básica para el control de muchas patologías, y los farmacéuticos la deberían tener en cuenta para aconsejar especialmente a personas sanas o como complemento en pacientes.

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