Alimentación y Cerebro: ¿Es la nutrición el futuro para tener unas funciones cerebrales sanas?

Magda Rafecas. Doctora en Farmacia
Profesora de Nutrición y Bromatología
Universidad de Barcelona

 

Podríamos empezar con una pregunta: ¿Es la nutrición el futuro para tener unas funciones cerebrales sanas? La respuesta se está gestando en estos últimos años. Las funciones cerebrales, como pensar, memorizar o el mismo aprendizaje, están relacionadas con los niveles de glucosa y de qué manera el cerebro puede utilizar eficazmente esta fuente de energía. Por ejemplo, si no existe suficiente aporte de glucosa, no se sintetizan los neurotransmisores, que son los responsables de la conexión neuronal, por lo que la conexión entre las neuronas se rompe. De conocimientos y evidencias científicas se nutre el conocimiento de que el tamaño del cerebro posee una relación directa con la epigenética, o lo que sería lo mismo, las modificaciones genéticas debidas al entorno, como por ejemplo el acceso a los diferentes tipos de alimentos, concluyendo que leves modificaciones en el consumo de éstos poseerían amplios efectos en la supervivencia y en la reproducción.

Así, los cerebros más grandes se han asociado en la paleontología a la capacidad de su habilidad para cocinar, acceso a los alimentos y su conservación energética, así como a caminar y correr. Todas las funciones anteriores requieren de la coordinación con capacidades cognitivas, que llevarían a una correcta alimentación. Además, recordemos que el ácido graso docosahexaenoico (DHA) es el más abundante de los ácidos grasos de la serie omega-3 en las membranas celulares en el cerebro. Hay que tener en cuenta que para llegar al DHA debemos realizar una ruta metabólica larga, que pasa por enzimas como la D6D (delta-6-desaturasa), primer y último paso en la síntesis de DHA a través del inicio de la serie homóloga de los omega-3 que es el ácido linolénico, por ello es muy importante consumir directamente DHA y su anterior ácido graso en la cadena carbonada, EPA (ácido graso eicosapentaenoico), ambos se sintetizan eficazmente en bebés, pero la función de la 6-D-6 es muy poco rápida en adultos y ancianos (su déficit se manifiesta enormemente en enfermos de Alzheimer o Parkinson). Por todo ello, está claro que no es adecuado el consumo de alimentos que sólo contengan linolénico, puesto que para estos grupos poblacionales es difícil sintetizar EPA+DHA a través del consumo de semillas y frutos secos (fuentes de linolénico). Así, es básico un consumo directo de EPA+DHA en forma de complementos alimenticios, puesto que su consumo alimentario se debe directamente al aceite de pescado o al consumo de algas de aguas frías, alimentos, que el primero de los cuales, cuesta de digerir (cuestión muy importante en embarazadas y personas mayores), y el segundo es poco habitual en nuestra alimentación ¿Quizá de ahí el consumo tradicional de cerebros rebozados? Bueno, quizá también cuestan de digerir…

 

 

En el caso de la energía, imprescindible en pruebas de esfuerzo cognitivo y de memoria, por ejemplo en períodos de exámenes, debemos recordar que ésta se obtiene a través de la glucosa, glúcido antes comentado. La obtención de glucosa se realiza a través de los hidratos de carbono, sean disacáridos o polisacáridos, por ello no hace falta el consumo directo de azúcar, sino que lo podemos obtener a partir de otros alimentos que contengan estos hidratos de carbono, siendo importante que se obtenga a través de cereales y que éstos no sean refinados. Esto se percibe claramente en los de pacientes diabéticos. En ellos, que a veces presentan hipoglucemia, se puede dar el caso de que se vea reducida la capacidad de memorizar y la función cognitiva. Por eso es especialmente importante que el aporte energético se realice a través de alimentos de bajo índice glucémico (IG) que puede consumir un diabético, como pueden ser frutos secos, o cereales integrales, mientras que no sería saludable consumir directamente azúcar o cereales completamente refinados como el pan blanco, cereales refinados, pasta, bebidas azucaradas o productos dulces con mucho azúcar. En definitiva, sería una pauta adecuada para cualquier persona, y de extremar en el caso de pacientes diabéticos.

Respecto a los micronutrientes, existen una serie de ellos que necesitamos para el buen funcionamiento neuronal. Respecto a las vitaminas hidrosolubles, muchas de ellas participan de forma directa o indirecta en el funcionamiento cerebral, así el ácido fólico, junto con la vitamina B12 y la vitamina B6, forman parte de la síntesis de cisteína, catalizando el paso de de homocisteína a cisteína. El déficit en ambas vitaminas puede conducir a un acúmulo de homocisteína en el cerebro, problema que sucede en los ancianos con pérdida de memoria y especialmente en pacientes de Alzheimer. Recordemos que la biodisponibilidad de los folatos es muy baja en los alimentos que los contienen (lechuga o guisantes, por ejemplo), por lo que a veces los complementos con fólico, vitamina B12 y vitamina B6 son una necesidad.

La colina es un nutriente esencial, que al ser hidrosoluble se le suele agrupar con las vitaminas del grupo B. El nombre colina hace referencia generalmente a una serie de sales cuaternarias de amonio que contienen el catión N,N,N- trimetiletanolamina. El catión aparece en la cabeza de los grupos fosfatidilcolina y esfingomielina, dos clases de fosfolípidos que son abundantes en las membranas celulares, especialmente en el cerebro. Además, la colina es la molécula precursora de la acetilcolina, un neurotransmisor que está involucrado en muchas funciones, entre las cuales se incluye la memoria.

Por otro lado, el cerebro es susceptible de ser fácilmente oxidable, más teniendo en cuenta su composición en ácidos grasos poliinsaturados, como el EPA y el DHA, con 5 y 6 dobles enlaces respectivamente. Esto deriva en la generación de ROS, que alteran los procesos cognitivos, por lo que una alimentación adecuada debe aportar al organismo los antioxidantes necesarios para evitar dicha generación de ROS. En este sentido son importantes el consumo de α-Tocoferol (forma biológicamente activa de la vitamina E), cuyo aporte reduce la pérdida de memoria en ancianos, la vitamina C, una concentración adecuada de selenio y zinc, a los cuales añadiríamos otros compuestos como el ácido lipoico, que se encuentra en tejidos animales de alto rendimiento metabólico, como el hígado o riñones, y también en las espinacas o el brócoli; se sabe de él que mejora la memoria en pacientes de Alzheimer al mantener la homeostasis de la energía en la mitocondria. A ellos hay que añadir especias, como la curcumina, que es un potente antioxidante, presente en diferentes tipos de curry.

 

 

Otros elementos básicos en el normal funcionamiento del cerebro son el Fósforo, el Hierro y el Yodo. El Fósforo es indispensable para la formación de fosfolípidos de membrana neuronales y en la obtención de energía en forma de ATP; sin embargo, y en contra de lo que sucede con la mayoría de los nutrientes, nuestra alimentación aporta suficiente cantidad de este elemento, puesto que se utilizan los fosfatos en muchas aplicaciones alimentarias: en la elaboración del jamón cocido, en quesos de fundir, además de como acidulante, por ello, aunque básico, la alimentación aporta la suficiente cantidad del mismo.

Más problemático es el Hierro, elemento esencial en la síntesis de neurotransmisores y de la mielina. Su baja biodisponibilidad en los alimentos hace que sea el elemento más deficitario en la población mundial. Bajas concentraciones de hierro en la alimentación del bebe y de los niños se traducen en deficiencias cognitivas en la adolescencia; a su vez también, el déficit de hierro se halla ligado a la aparición de Alzheimer. Un punto a tener en cuenta es el exceso de hierro, sea a través de la alimentación (consumo de carnes rojas), sea a través de suplementos o transfusiones sanguíneas, puesto que dicho exceso resultaría fatal en el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer. Por lo expuesto anteriormente, el farmacéutico debe de informar al consumidor de la problemática de un exceso de consumo.

Del Yodo es sabido que es esencial en la síntesis de las hormonas tiroideas, que a su vez son necesarias en el desarrollo neuronal que sucede en la vida fetal y postnatal provocando el cretinismo, que se caracteriza por rasgos faciales tales como nariz corta y lengua muy gruesa siempre babeando, y que provoca retraso mental.

El aporte de todos los nutrientes al cerebro se hace por dos vías:

a) Pasando la barrera hematoencefálica , que permite el paso del agua, algunos gases, y moléculas solubles en lípidos por medio de difusión pasiva, así como el transporte selectivo de moléculas tales como glucosa y aminoácidos que son cruciales para la función neuronal. Es el sistema empleado por todos los nutrientes antes citados.

b) Indirectamente, a través de la conexión entre el intestino y el cerebro (gut-brain-axis), que se realiza bien a través del nervio vago, bien a través de rutas bioquímicas, campo reciente que obliga a revisar algunos conceptos. Aquí se debe mencionar los efectos que prebióticos y probióticos tienen a través de dicha conexión al cerebro. Los efectos de las bacterias en el intestino son las de producir ácidos grasos de cadena corta (SCFA), neurotransmisores, como el ácido gamma-aminobutírico, serotonina, catecolaminas y acetilcolina que son aportados al cerebro, controlando la producción de hormonas y procesos inflamatorios; estas moléculas poseen un efecto positivo en situaciones de estrés, depresión o una ligera alteración del ánimo. Al contrario, cuando en el intestino se instalan bacterias perjudiciales se envían señales neurotóxicas al cerebro.

Éste último concepto resulta clave para entender la premisa de la primera pregunta, y la respuesta a ésta es claramente sí: a través de diferentes mecanismos la nutrición es clave para tener unas funciones cerebrales sanas.

 

 

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