Tecnología, artesanía y farmacia

Antonio Mingorance
Presidente de Grupo Bidafarma

 

En tiempos tecnológicos como los que vivimos, es un error competir con las máquinas. La presión que empuja a la farmacia a establecer cuanto antes un marco estable y uniforme de servicios profesionales puede, precisamente, conducirnos a esa equivocación: si solo sirven los indicadores objetivables, nada como una máquina para la obtención de esos parámetros. Por eso, fiar nuestra excelencia profesional únicamente a la introducción de tecnologías de apoyo en la farmacia no tiene valor de mercado: lo que sí es valioso, y mucho, es el conocimiento del farmacéutico para tomar decisiones basadas en esos indicadores que recopila para él esa tecnología.

Sin duda, la tecnología es una aliada de importancia crítica para el desarrollo de la farmacia actual y su despliegue en el futuro. Pero no podemos olvidar que a los mandos de la farmacia está un profesional, no un robot. Eso implica que todo el conocimiento tácito, adquirido por el profesional tras años de práctica asistencial en la botica y transmitido entre generaciones muchas veces a través de canales informales, no solo no hay que despreciarlo, sino que hay que ponerlo en el centro del saber eficaz de la farmacia asistencial.

 

 

 

El origen artesano de la farmacia no es solo un timbre de gloria para la historia de la profesión desde los tiempos de Dioscórides: es una llamada de atención que reconcilia a los profesionales de hoy con una manera de entender el oficio que vincula lo que se hace con lo que se piensa. Precisamente los nuevos planteamientos de gestión empresarial más en boga, inspirados por sociólogos de la tecnología y del trabajo como Richard Sennett, apuntan en esa dirección. Cuando la actividad manual llega a la perfección, entonces irrumpe la innovación conceptual: buenos ejemplos de ello son la misma existencia de excelentes marcas propias de la farmacia como es el caso de Acofar y, cómo no, el revival de la formulación magistral en pleno siglo XXI vinculado a las demandas crecientes de atención farmacéutica personalizada.

La superación de la artesanía por la producción industrial vinculada a tecnologías complejas supuso para la farmacia a comienzos del siglo XX la pérdida del control de las especialidades. Sin embargo, la inercia del desempeño, el ritmo lento del saber académico y la sabiduría de una profesión constantemente en contacto con las demandas reales de la sociedad, como es la farmacia, lograron preservar en las boticas ese conocimiento tácito procedente de la práctica, ese saber aquilatado por la rutina cotidiana mil veces repetida, que ninguna tecnología puede sustituir.

Son tiempos, pues, de trabajar en la farmacia de la mano de las tecnologías de vanguardia, las que necesitemos en cada momento para el desarrollo de nuestra profesión, las que nos faciliten la más exacta toma de decisiones posible. Sin renunciar al conocimiento artesano del farmacéutico que no olvida que el cuidado de la salud de las personas es una ciencia pero también, precisamente, un arte. Y que, precisamente por eso, el boticario que quiera ser útil no deja nunca de actualizar conocimientos, de acreditar procedimientos, de registrar información, buscando la excelencia objetivable de una verdadera farmacia asistencial.

 

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