No existe respuesta pacífica para tan controvertida cuestión

¿Son seguros los medicamentos para el resfriado infantil? 

No existe respuesta pacífica para tan controvertida cuestión. Con la llegada del otoño y la caída de las primeras hojas caducas, también llegan los primeros resfriados de nuestros jóvenes pacientes. Son los padres quienes acuden prestos al farmacéutico o pediatra en busca de remedio, si bien muchos de ellos previamente se han documentado de diversas fuentes de Internet. Lo primero que hay que asegurar es que efectivamente el niño tiene un banal catarro o infección vírica de las vías respiratorias superiores, pues en ocasiones los síntomas más comunes (tox, anorexia, irritabilidad, mucosidad) pueden enmascarar una seria patología de base que precise un tratamiento etiológico (sinusitis, bronquitis, otitis, amigdalitis, entre otras). Únicamente el pediatra confirmará el diagnóstico de un proceso banal y prescribirá el medicamento (u otro remedio) idóneo para el caso concreto. En ocasiones, serán los experimentados padres quienes se dirigirán directamente al farmacéutico de su confianza, si bien hay que recordar que éste tiene la obligación deontológica y profesional de insistir a los padres de que se aseguren del diagnóstico de su hijo mediante una consulta al pediatra en caso de que los banales síntomas persistan de forma sospechosa.

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Confirmado el diagnóstico, ¿qué remedio o medicamento elegir? El elenco de remedios naturales y el vademecum farmacológico es inmenso en ambos casos. Centrándonos en las opciones farmacológicas, los medicamentos mayormente empleados son antitusivos, descongestionantes nasales, antiinflamatorios, antialérgicos, antitérmicos, antieméticos, entre otros. En muchas ocasiones los padres acuden a la práctica de tratar a sus hijos con restos de medicamentos que quedaron del último resfriado, desconociendo que estos productos de apariencia inocente, a dosis inapropiadas o no, pueden provocar problemas que se confunden con otras patologías.

Un grupo terapéutico muy empleado lo constituyen los descongestionantes nasales. Estos fármacos simpaticomiméticos, pueden provocar una congestión de rebote y sobre todo una rinitis medicamentosa (es decir, empeoran la rinitis), además de irritación y picor nasal. Si bien estos efectos son comunes tanto en adultos como en niños, en éstos existe el riesgo añadido de absorción del fármaco a la circulación sistémica, lo que provoca nerviosismo, ansiedad, insomnio, cefalea, vértigo, e incluso peligrosas arritmias cardíacas. ¿qué cabe concluir de estos riesgos? En primer lugar el que estos productos no deben administrarse a niños menores de 30 meses y que por otra parte tampoco deben suministrarse más de tres días seguidos. Resulta de gran importancia contrastar en el prospecto que el fármaco combinado no contenga entre sus principios activos fenilefrina, nafazolina, oximetazolina, tramazolina, xilometazolina, pseudoefedrina, entre otros. Respecto a este último, recientemente la FDA americana ha emitido una alerta de seguridad sobre su empleo en niños, tanto en su comercialización como tal como en combinación con otros principios activos, contraindicando su empleo en niños menores de cuatro años. Además si los adolescente consumen cafeína (en café o refrescos de cola) pueden incrementar sus efectos secundarios. Entre estos destacan: intranquilidad, náuseas, vómitos, debilidad, cefalea, nerviosismo, mareos, insomnio, dificultad respiratoria, taquicardia y otras arritmias cardíacas.

Otro grupo terapéutico también sospechoso lo constituyen los antihistamínicos. El problema de estos medicamentos, al igual que los anteriores, es que son de libre dispensación (y ello les confiere una apariencia inofensiva) y a dosis elevadas o incluso terapéuticas pueden provocar serios efectos secundarios en los niños. De esta forma, entre los denominados de primera generación (como la desclorfeniramina) en lugar de producir sueño como en los adultos, en los niños provocan excitación paradójica. Aunque lo normal es que produzcan somnolencia (tales como clemastina, difenhidramina, hidroxicina, ketotifeno, prometazina), y si bien es cierto que tal y como advierten los prospectos, los niños “no conducen ni manejan maquinaria peligrosa” sí que de forma rutinaria realizan actividades “peligrosas” tales como natación, judo, juegos diversos y deportes más o menos arriesgados, por no hablar del más que probable fracaso escolar por somnolencia excesiva si se administran por largos periodos de tiempo. Además, no hay que olvidar que a dosis muy elevadas pueden producir trastornos neurológicos y convulsiones, creando en este último caso un dilema al pediatra acerca de si se está enfrentando a una convulsión febril, el inicio de una epilepsia no diagnosticada o un efecto secundario de un medicamento de amplio uso.

Entre los antihistamínicos denominados de segunda generación (astemizol cetirizina, elastina, loratadina, desloratadina, mequitazina, terfenadina, fexofenadina, mizolastina), si bien provocan menor sedación que el grupo anterior, pueden inducir un aumento del peso en el niño (agravando el problema de sobrepeso y obesidad de los niños españoles), así como cefaleas. Dentro de este grupo, los más peligrosos son astemizol y terfenadina, puesto que pueden interaccionar con otros productos. De esta forma, empleados con pomelo (o zumo de pomelo) o eritromicina y claritomicina, pueden provocar peligrosas arritmias cardíacas (alargamiento del espacio QT del electrocardiograma, las llamadas “torsade des pointes”) en ocasiones con resultado fatal.

Un tercer grupo a considerar lo constituyen los mucolíticos y expectorantes. Si bien en muchos procesos víricos agudos su eficacia está muy controvertida, se emplean profusamente en nuestro medio. Quizás el más popular es la N-acetil-cisteína. Pues bien, bajo su inocente apariencia (y sobre todo agradable sabor), se esconden algunos efectos como náuseas, vómitos, cefaleas, acúfenos o urticaria. Sin embargo, el efecto más temido es el broncoespasmo, tanto en niños asmáticos como no, requiriendo la administración urgente de salbutamol para su reversión. Por otra parte, también este fármaco induce una obstrucción respiratoria, impidiendo la correcta expulsión de las mucosidades. Otros mucolíticos además pueden provocar trastornos gastrointestinales y somnolencia. Nunca es tarde para recordar a los padres que la ingesta de agua o líquidos constituye el mejor mucolítico.

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No hay que olvidar que la literatura más reciente está documentando un incremento alarmante de efectos muy graves en niños en los hospitales de todo el mundo debido a ingestas de fármacos de libre dispensación (descongestionantes, expectorantes, antitusivos principalmente). Dentro del grupo de los antitusivos, ya hace un tiempo que se viene alertando de un empleo masivo por parte de los adolescentes del Dextrometorfano. Es un medicamento que se consigue fácilmente, es barato y totalmente legal, pero no deja de ser una estupenda droga a dosis altas. El acceso a Internet ha permitido a muchos jóvenes informarse acerca de la dosis y preparación exacta. En Estados Unidos, una forma muy habitual de consumo es lo que se conoce como la “triple C” (por sus nombres en inglés: Coridicin HBP Cough and Cold) que contiene 30 mg de Dextrometorfano en pequeñas tabletas, y a los consumidores de este peligroso cóctel se les denomina “syrup heads” (cabeza de jarabe), mientras que en la misma jerga a la acción de consumir y abusar de este fármaco se le llama “dexing, robotripping o robodosing” (sus consumidores tomarán “Robitussin” u otros jarabes para alcanzar el nivel de estimulación deseado). Siendo la dosis antitusiva recomendada de 15-30mg, los adolescentes que pretenden un efecto estimulante llegan a ingerir 360 mg o más, y a estas dosis se producen alucinaciones, pérdida del control motor y sensaciones “extracorpóreas”. A esto deben añadirse los inevitables efectos secundarios: confusión, imposibilidad de razonamiento, visión borrosa, mareos, paranoia, sudoración profusa, dificultad para el habla, náuseas, vómitos, arritmias, elevación de la tensión arterial, cefalea, letargo, parestesias, enrojecimiento facial, prurito cutáneo, y en casos más graves, pérdida de conocimiento, convulsiones, neurotoxicidad o incluso la muerte. No está de más aconsejar a los padres que cierren con llave el botiquín casero y que no hagan acopio de medicamentos de venta libre.

En los países del Sur de Europa (España y Francia sobre todo), y por diferencias culturales con los países del Norte, se siguen empleando los supositorios en niños para tratar los resfriados. Recientemente, y siguiendo las recomendaciones de la agencia francesa, la Agencia Española del Medicamento ha emitido una nota informativa sobre los derivados terpénicos en supositorios para niños. En la misma se informa a los profesionales sanitarios sobre la contraindicación en niños menores de 30 meses o con antecedentes de convulsiones febriles o epilepsia, del uso de medicamentos en forma de supositorios que contienen derivados terpénicos (alcanfor, cíñelo, citral, eucalipto, mentol, niaouli, pino, terpineol, terpina, tomillo, trementina). A este respecto la AEMPS actualizará la ficha técnica y prospecto de estos medicamentos (Brota® y Pilka®) empleados como tratamiento sintomático de la tos y síntomas catarrales con objeto de introducir esta contraindicación.

Dado que muchos niños con resfriado también presentan vómitos, en ocasiones es preciso suministrar un antiemético. Tampoco este grupo de fármacos está libre de culpa. Muy recientemente, la agencia francesa del medicamento, ha contraindicado las especialidades farmacéuticas que contengan Metoclopramida para menores de 18 años (9 de febrero de 2012). Este neuroléptico antagonista de la dopamina con propiedades antieméticas (Primperan ®), presenta un perfil de riesgo desfavorable, en concreto se relaciona directamente con la aparición de efectos extrapiramidales, tales como distonías, discinesias agudas como moviemientos anormales de cabeza y cuello (espasmos faciales, trismos, crisis oculogiras, protusión de la lengua, dificultad de deglución, disartria, tortícolis), parkinsonismo y discinesias tardías (sobre todo buco-faciales). En caso de sobredosificación, el riesgo es todavía más grave, con somnolencia, alteraciones de la conciencia, confusión, alucinaciones, entre otros, siendo el tratamiento únicamente sintomático con benzodiazepinas, y  en algún caso grave, con antiparkinsonianos anticolinérgicos.

¿Qué debemos responder pues a la cuestión planteada en el título? Que efectivamente los medicamentos para el resfriado infantil NO son seguros, estando todos ellos contraindicados claramente en menores de dos años. Hay que tener en cuenta que los resfriados pasan, y que un humidificador cerca de la cama así como gotas nasales de solución salina alivia enormemente los síntomas. ¿qué alternativas existen? Sigue siendo un clásico el caldo de pollo (puesto que la sal, el calor y el líquido ayudan a combatir la infección), así como la vitamina C (si bien su eficacia está controvertida recientemente, sí que es cierto que acorta la duración del resfriado). Recientemente está en boga el empleo del zinc así como la equinácea. Con todo no hay que olvidar que un banal resfriado puede conllevar a una bronquitis, neumonía, otitis u otro proceso grave, por lo que debemos advertir a los padres de acudir al pediatra en caso de que el niño presente dificultad respiratoria o los síntomas empeoren o no mejoren después de siete días. 

Las medidas básicas preventivas siguen siendo la mejor opción terapéutica para todos, niños y adultos: lavarse siempre las manos (tras sonarse la nariz, ir al baño, antes de comer), desinfectar (manillares, puertas), empleo de desinfectantes (alcohol y otros antisépticos),empleo de pañuelos de papel, evitar el tabaquismo pasivo, evitar antibióticos innecesarios, tomar agua (los líquidos ayudan a que el sistema inmunitario funcione correctamente) y dormir bien.

Dra. Mª Asunción Peiré García
Farmacóloga pediátrica

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