El estilo de vida occidental, entre las consecuencias del aumento de alergia a los alimentos

Estudios demuestran que el aumento de alergia a los alimentos no solo se trata de una impresión generalizada, sino de una patología prevalente. Asimismo, los factores implicados vienen determinados, en parte, por el estilo de vida occidental, lo que repercute en la calidad de vida de los enfermos y de sus familias. Así lo explica la Dra. Gloria Domínguez Ortega, pediatra con experiencia en Alergia Gastrointestinal del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid, quien participa en el 60º Congreso de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), que tiene lugar del 16 al 18 de octubre en Bilbao.

 

La doctora hace hincapié en la necesidad de “avanzar” en el conocimiento y sensibilización de la sociedad sobre dicha patología, así como de diferenciar entre intolerancias y alergias. También, remarca que los factores de riesgo genéticos, epigenéticos y ambientales “se conocen cada vez más y constituyen un gran potencial para mejorar las estrategias de prevención y tratamiento”.

La especialista recuerda que el intestino es el órgano inmunitario más grande y complejo del cuerpo humano y que está sometido a una estimulación constante durante toda la vida, al permanecer expuesto a agentes externos que pueden producir alergia e intolerancias. Además, la mucosa intestinal requiere de una respuesta rápida para mantener su “efecto barrera” y proteger al organismo de la entrada de patógenos.

 

Ghrelina: la hormona que conecta el estómago y el cerebro

Otra línea de investigación en desarrollo es el rol de la ghrelina, cuyo efecto fisiológico más conocido es la activación del receptor GSH-R1 por la ghrelina acilada (GA). Tal y como explica el Dr. Ignacio Bernabéu, vicepresidente de la SEEN y endocrinólogo del Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela, esta hormona aumenta el apetito y prepara al organismo para la ingesta de alimentos. Su nivel en sangre es máximo antes de la ingesta y se normaliza después de la alimentación.

Actúa como conexión entre el estómago y el cerebro, y por mecanismos complejos regula el balance energético (equilibrio entre el aporte y el gasto calórico del organismo) mediante su efecto regulador del apetito, de la sensación de plenitud y de la motilidad gástrica y de la termogénesis (calor que genera el cuerpo como consecuencia de la digestión y el almacenamiento de los alimentos consumidos). Además, está relacionada con las vías cerebrales de recompensa, pudiendo estar implicada en generar comportamientos adictivos frente a algunos alimentos (grasas, dulces) y al alcohol, añade el Dr. Bernabéu.

En los últimos años se ha desarrollado un análogo potente y estable de la GA, denominado AZP-531. En estudios iniciales el uso de este análogo parece ser de utilidad en pacientes con Prader Willi, síndrome complejo de obesidad hipotalámica caracterizado por hiperfagia y obesidad severa con niveles muy elevados GA.  Algunos estudios también sugieren su utilidad en diabetes, en patología muscular y en pacientes con daño endotelial. En la actualidad están en marcha diversos estudios para aclarar su potencial terapéutico, añade el experto.

Bernabéu recuerda que la obesidad es una enfermedad multifactorial en la que intervienen determinados factores genéticos y hormonales (entre ellos la ghrelina), entre otros, que modulan la conducta alimentaria, el tipo de ingesta y el riesgo de padecer obesidad, además de los factores ambientales.

Asimismo, subraya que, actualmente, se están investigando antagonistas de la ghrelina, tanto en animales de experimentación como en algún ensayo experimental en humanos, que muestran una “reducción del apetito y el llenado gástrico y parecen tener un efecto positivo sobre la obesidad y la resistencia a la insulina que la acompaña”. No obstante, matiza que aún no se han desarrollado plenamente las vías de investigación acerca de su efecto sobre el peso corporal ni sobre sus consecuencias clínicas en seres humanos.

En lo relativo a la aplicación de estos conocimientos en la práctica clínica, el doctor Bernabéu asegura que “no existe ningún tratamiento ni manipulación genética, ni dietas específicas en relación con el perfil genético de cada individuo que resuelvan la obesidad”. Así, insiste en que el abordaje de la misma requiere de un tratamiento multifactorial con modificaciones dietéticas, cambio de hábitos de vida, apoyo psicológico y social y fármacos anorexígenos, llegando en última instancia a un procedimiento quirúrgico.

 

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